Un estudio desapasionado del siglo XVI (el Siglo de oro español) nos pondrá de manifiesto que este fue un periodo singular agitado por varias corrientes de protesta, no sólo políticas o sociales, sino también religiosas; fue tal la complejidad y la gran transcendencia de las cuestiones ideológicas y religiosas de los movimientos espirituales que surgieron a lo largo de la primera mitad del siglo, del mismo fermento espiritual reformador promovido por el Cardenal Cisneros,  que los mismos inquisidores se vieron al principio en dificultades para identificarlos claramente.

A su vez, nos permite entender que por espacio breve y temporalmente co-existieron, aunque no en iguales circunstancias, en nuestro país dos corrientes o concepciones radicalmente diferentes de la existencia cristiana: la tradicional (católico-romana) y la innovadora (reformista).

De entrada, hemos de admitir que la Reforma no fue el privilegio de una sola nación. No partió exclusivamente de Alemania y se extendió a otros lugares, sino que nació como un movimiento que al mismo tiempo y en otros diferentes lugares de Europa surgió individual e independientemente (y que aún cuando admitiéramos determinadas influencias o dependencias no cambiaría en nada ni su diversidad de expresión ni su valor), como también igualmente sucedió en nuestro país.

Esa pista de la presencia en España, ya la encontramos indicada a través de la instrucción del segundo proceso de Juan Gil (Dr. Egidio), en 1550, al interceptar los inquisidores una carta a la religiosa Francisca de Chaves, dirigida a Luis Castillo, huido a París, que contenía un Diálogo consolatorio entre la iglesia chiquita que está en Sevilla y Jesucristo, donde se alentaba a los creyentes de Sevilla a mantenerse firmes en su fe a pesar del acoso de los clérigos y la inquisición.[1]

El arzobispo Carranza en un Memorial que presentó en su proceso inquisitorial en 1558, refería que en Flandes “… tienese por cierto que allá hay alguna gente dañada, particularmente en el Andalucía e Aragón, e así lo confesó un hereje que quemaron el año pasado en Brujas, que en España tenían también ellos Iglesia, aunque oculta…”[2]

Tellechea afirma que, por lo que se refiere al movimiento de reforma, en un primer momento, por “investigaciones, se nos informa de la rapidez con que llegaron a España las primeras irradiaciones de la inicial disputa luterana. Acaso en 1519, ciertaménte en 1520, el nombre de Lutero resonaba ya en España, donde probablemente habían llegado algunos de sus escritos”.[3]

Ya desde 1521 y en diversas ocasiones entraron en España. Los primeros tratados, folletos e impresos: de Lutero, su Comentario a la Epístola a los Gálatas y su Tratado acerca de la libertad cristiana;[4] asimismo del reformador de Basilea, Oecolampadio[5] (su Comentario a Isaías), que se vendían en las ferias públicas.

Las entradas de libros continuarán durante varios años y por diferentes lugares (Alto Aragón, Navarra, Vizcaya, Galicia, Valencia y Malaga), apareciendo en las ciudades de mayor actividad comercial y vida cultural, como lo prueban las diversas confiscaciones y quema de literatura llevadas a cabo en 1523, 1530, 1531, etc.[6]

La Inquisición había enviado a los puertos marítimos funcionarios o familiares del Tribunal para que inspeccionaran el cargamento de todo navío recién llegado. Cuando se tenían sospecha, sea por el lugar de procedencia del barco, por la identidad de patrones o consignatarios, o anteriores denuncias, estos registros se efectuaban con gran minuciosidad. Son reiteradas las quejas de los consulados mercantiles ante las autoridades de la Inquisición y del Estado por los entorpecimientos y daños que acarreaban al comercio estas diligencias. Además de los puertos marítimos, las autoridades inquisitoriales seguían de cerca cualquier camino de entrada posible. La frontera pirenaica estaba sometida a estrecha vigilancia, particularmente en los pasos más frecuentados como Irún, Roncesvalles, Canfranc y los de Cataluña. También las tiendas de venta de libros y las librerías privadas eran objeto de inspección.[7]

Existen testimonios documentados que acreditan que algunos libros fueron editados y publicados en España, como las Instituciones de Calvino en Zaragoza, y que un libro luterano fuera impreso en Valencia en 1532.[8] De otra parte, Bartolomé Bennassar, afirma que “En ese mismo tiempo, numerosos eclesiásticos que enseñaban en las Universidades de Alcalá, Salamanca y Valladolid, leían con ansia a Lutero, la penetración de cuyos libros en Cataluña, Navarra y Galicia, durante la cuarta década del siglo, respondía a ese mismo espíritu de curiosidad”.[9]

A medida que transcurre el siglo XVI, advertimos que “… a pesar de las dificultades relativas que los círculos (Sevilla y Valladolid) experimentaban en cuanto a la importación de libros reformados y al mantenimiento de una comunicación constante con los correligionarios, sus miembros habían sabido “importar” un protestantismo bastante puro y sin influencias de las visiones torcidas que a veces circulaban en aquellas zonas donde un contacto directo con los mismos reformadores era imposible…”[10]

Otro hecho importante fue el descubrimiento por la Inquisición de los canales de infiltración desde Europa a España de literatura protestante a través de los fugitivos de Sevilla: “Los grandes costes de edición se pagaban desde España… En Franfort se cargaban toneles enteros… para, por la via Amberes, mandarlos a España. Se llegó a descubrir a los responsables de esta operación: el monje bernardo fray Julián de Tudela… los fugitivos sevillanos Diego de Santa Cruz… y el célebre Antonio del Corro…”[11]

Descubrimos también a través de los archivos de los procesos inquisitoriales (de Francisco de Vivero, de Carlos de Seso, del Arzobispo Carranza, etc.) que don Carlos de Seso había traído de Italia (por encargo de un inquisidor de Calahorra, según dijo Pedro de Cazalla) diversos documentos y libros protestantes: Las Instituciones de Juan Calvino (posiblemente la traducción resumida de Francisco de Enzinas), escritos de Occhino, comentarios evangélicos de Brencio, la Postilla sobre el Evangelio de Lutero, ademas de algunas obras de Juan de Valdés (las Consideraciones y los Comentarios sobre las epístolas de San Pablo).[12]

Por su parte, Julián Hernández (conocido introductor en España de la producción de los exilados protestantes), entre los libros que distribuyó, señalemos la obra de Bernardino Ochino la Imagen del Antechristo, las obras de Juan Pérez de Pineda (El Nuevo Testamento, Sumario breve de la Doctrina Cristiana, Los Salmos de David), y las de Juan de Valdés (Comentarios a las epístolas de San Pablo a los Romanos y Corintios), y posiblemente, algunos otros de las diversos títulos en castellano salidos de la imprenta de Jean Crespin .[13]

Prueba evidentemente clara de lo expresado la constituyen la cantidad de libros confiscados y registrados en el Memorial de los Inquisidores sevillanos, de entre los que resaltamos los autores más conocidos y entre paréntesis, la cantidad de títulos diferentes: Zuinglio (1), Bullinger (10), Calvino (11), Lutero (1), Melanchton (8), Constantino Ponce de la Fuente (5), Juan de Valdés (2), Juan Pérez de Pineda (2).[14]

El profesor Werner Thomas nos señala que ha encontrado documentos que prueban que sobre 1565, “… circulaba libremente en la península El Breve tratado de la Doctrina de Juan Pérez de Pineda, que llegó a convertirse en un vehículo importante de la reforma en España… (y aún en 1580) … se descubrieron otra vez traducciones del Nuevo Testamento de mano de Juan Pérez de Pineda…»[15]

LAS COMUNIDADES

La inmensa mayoría de investigadores señalan, que no se puede desconocer la contribución y enorme influencia ejercida por los grandes reformadores sobre el protestantismo español. Una vez afirmado esto, se habrá de tener en cuenta a los que consideran que también es correcta e igualmente legítima la línea investigadora abierta que sostiene la presunción de cierta originalidad y autonomía ideológica de nuestros reformistas españoles.

Así el profesor Nieto, viene a precisar que las ideas «luteranas» de los grupos de Sevilla y Valladolid no fueron sustanciales sino suplementarias, y que en todo caso, ya habían llegado a ellas por otros caminos

Los “luteranos” de Sevilla y Valladolid no recibieron el luteranismo, o protestantismo, como la semilla incipiente de su fe herética, sino como la semilla consecuente a una fe evangélica que ellos ya habían adquirido de diversas maneras. Y detrás de esta fe estaban indirectamente los alumbrados, y más directamente las formas mas libres de la Reforma cisneriana; y últimamente la Reforma valdesiana ya como eco del Diálogo de doctrina, o más claramente por medio de sus escritos del período italiano.[16]

En esta posición encontramos al profesor Joseph Pérez, quien sostiene la opinión de que “la iglesia cristiana de Valdés… es una iglesia protestante, en el sentido amplio de la palabra, y que esta forma de protestantismo es producto de una situación típicamente española, elaborada a partir de fuentes españolas…”[17] llegando Valdés a expresar su visión de reforma en completa independencia de Lutero, Calvino o cualquier otro reformador.

Ese mismo aserto lo confirmará Wolfgang Otto cuando al estudiar los movimientos protestantes en el interior de la península, señala que la influencia de Valdés se encontraba en ambas comunidades protestantes de Sevilla y Valladolid, “de manera que se puede decir muy bien que la Teología de la comunidad… estaba influenciada y formada por este”.[18]

Por su parte el profesor Tellechea destaca en uno de sus trabajos, al referirse al núcleo de Sevilla, que “el protestantismo sevillano contó con la predicación de Egidio y Constantino y con la obra escrita de este último; y tras el descubrimiento del foco y los autos de fe, contó con las plumas de los que consiguieron huir, como Casiodoro Reina, Corro, Valera, etc…”[19] miembros significados y fuentes directas valiosisimas para poder comprender el panorama español, que, con ellos, tomará dimensión europea.

Este mismo autor, en otro excelente estudio se reafirmará en su concepción, al exponer que “El fenómeno vallisoletano o castellano es un genuino brote de protestantismo en España, por influjo procedente de diversos modos del exterior y en perfecta sintonía con el fenómeno protestante europeo…”[20] De este grupo no tenemos la mención de escritores que hubiesen expresado su fe en obras concretas, descontada la supuesta Confesión de fe que se cree realizó fray Domingo de Rojas.

Por su parte, José F. Montesinos, viene a añadir nuevos datos al señalar que “Los escritos de Valdés fueron lección grata a la comunidad protestante vallisoletana…”[21] criterio este que es ratificado por el profesor Tellechea, cuando afirma que: “La verdad es que la presencia de la obra valdesiana entre las lecturas de los grupos vallisoletanos no resulta aislada ni sorprendente…”[22]

Como muy pertinentemente señala Wolfgang Otto:

Si consideramos las dos comunidades evangélicas del siglo XVI de Valladolid y de Sevilla y preguntamos, ante todo, por su teología, no podemos considerar a esta simplemente como una copia de Lutero o de Calvino, como lo hiciera la Inquisición, sino que la comprendemos únicamente desde el punto de vista de la conexión española, de su pensamiento, su fe, su vida y experiencia genuinamente españoles. Precisamente los teólogos como Juan de Valdés y Constantino, han desarrollado una teología muy significativa y propia.[23]

Es nuevamente el profesor Tellechea, quien en su estudio del Memorial de la Inquisición de Valladolid, destaca que: “basta un esfuerzo mínimo de ordenación y sistematización para descubrir que nos hallamos ante un fenómeno de protestantismo neto y contundente, y ello en varios aspectos a cual más clarificador: conjuntados todos forman una visión coherente y precisa…”[24] Con esta investigación, el profesor Tellechea ha vuelto a centrar el tema en su justo lugar y llega a la conclusión de que tales grupos fueron un genuino brote de protestantismo en España.

Es por ésto posiblemente, por lo que Tellechea llegará concluyentemente a decir que: “Sin tiempo para optar… o para madurar debidamente la propia identificación teológica, el grupo castellano (y por extensión los demás) acogió de buena gana el sustrato común de un vasto movimiento ya para entonces escisor y escindido en toda Europa y acaso dio al protestantismo español una impronta característica”.[25]

En lo que se refiere al grupo sevillano, Michel Boeglin, señala que “existía indudablemente un pequeño núcleo adscrito a la doctrina protestante… alrededor de Juan Gil un círculo abiertamente luterano, o por lo menos personas que afirmaban serlo…”[26]

La religiosidad de la comunidad sevillana vertebrada alrededor del Doctor Egidio y posteriormente de Constantino Ponce de la Fuente y otros, no se reducía a una simple reformulación de tesis erasmistas como se ha venido afirmando, sino que revelaba una convergencia a la reforma y su adhesión a sus doctrinas.

En lo que se refiere a los que huyeron escapando de la Inquisición, emprendieron un camino sin retorno al corazón de Europa, pasando, en su peregrinar, por Francia, Suiza, Alemania, Bélgica, Holanda e Inglaterra, sin jamás olvidarse de España. Las circunstancias políticas, religiosas, económicas y las permanentes persecuciones les llevaron a destinos finales diferentes, tras conocer profundamente y cooperar con las nacientes y diversas expresiones del emergente movimiento protestante europeo.

Así y todo, aún hoy día podemos leer, sobre los reformistas españoles que escaparon de la Inquisición, como por ejemplo, Cipriano de Valera, que nunca abandonó el Calvinismo que había profesado desde el principio. Mientras que Casiodoro de Reina, con mayores inquietudes, en sus últimos años, firmó y enseñó las confesiones Luteranas en Francfort, tras haber pastoreado comunidades reformadas en Ginebra, Londres y Amberes.

Era tal la estima en que era tenido que el grupo de pastores luteranos de Amberes le propuso en 1581 como superintendente de la Iglesia (obispo, supervisor o presidente de distrito, todos son sinónimos), que Reina no quiso aceptar, he aquí el escrito de David Chytraeus, autoridad teólogíca luterana que intervino en la dirección del Libro de Concordia, y que escribió: “He recomendado a los delegados que coloquen un superintendente sobre el ministerio, y he sugerido para este cargo a Casiodoro…”[27]

Antonio del Corro, con  similares inquietudes que Reina, terminó en la Iglesia Anglicana, tras su paso por el calvinismo hugonote primeramente, como estudiante de teología en el famoso centro calvinista de Laussanne, en el que enseñaba Teodoro Beza, y después como pastor en Francia y capellán de la duquesa de Ferrara.[28] Tanto Reina como Corro mantuvieron permanentemente su espíritu crítico.

De otra parte, se han de resaltar las relaciones que los reformistas españoles mantenían con los diferentes reformadores europeos, ya que esto contribuye a clarificar los caminos de conexión, y así por ejemplo, podemos destacar a Francisco de Enzinas, quien conoció personalmente y mantuvo relaciones con Calvino, Bullinger, Bucero, Castellio, Melanchthon, Vadian (cuñado del anabautista Conrad Grebel), David Joris (líder fanático de Münster), entre muchos otros.[29]

También sus propios escritos son la evidencia de las diversas posiciones reformistas que mantienen. Quienes en la mayoría de los casos, además de su propia posición ideológica individual, nos plantean, la maduración personal de los principios expresados por los diversos reformadores europeos. Igualmente, los términos teológicos utilizados, difieren de los clásicos de los reformadores (este es el caso, por ejemplo, de Juan de Valdés).

Un ejemplo de esto lo encontramos en Francisco de Enzinas, quien al realizar su obra Breve y compendiosa institución de la religión cristiana, de 1540, en castellano utilizó materiales del Catecismo de Calvino, del De libertate christiana, de Lutero, y de los Salmos penitenciales, de Juan de Campen, traduciendolos a nuestro idioma, y hasta incluso se considera que utilizara otros materiales de algún predicador protestante para su prólogo.[30] Con ello queda evidenciado el talante español en la compresión de la fe, que recogía lo que consideraba bueno e importante para los españoles, aunque esto significara mezclar las diferentes perspectivas y sensibilidades protestantes.

Llama, por ejemplo, la atención la correspondencia cruzada de Antonio del Corro con Casiodoro de Reina, en su interés por disponer de los libros que manifestaban “otra perspectiva o visión protestante”, como los de Gaspar Schewenkfeld, Valentín Krautwald, Osiander, etc., y que como señala Bataillon “estos españoles atraídos por el protestantismo buscaban en él, más bien que una nueva ortodoxia… unas posibilidades de edificación de los creyentes fundadas en presencia intima de Cristo en las almas…”.[31]

Otro incidente interesante para conocer el talante ecuménico y tolerante de los reformistas españoles es el que nos descubre el profesor Gordon Kinder, que se refiere a Casiodoro de Reina, quien manifestó su disgusto a Calvino por el trato dado a sus compañeros. (Kinder señala que “todos los datos apuntan a que, salvo algunas excepciones notables, a Calvino no le gustaban los españoles e italianos”,[32] seguramente por su tolerancia y amor por la paz y la armonía fraternal).

Situación que se agravó y que no le perdonarían cuando Reina manifestó su tolerancia y pacifismo al defender el lugar que les correspondía a los anabautistas dentro de la iglesia, frente a los ultracalvinistas de las Iglesias de Forasteros (en Londres), al salir en defensa de:

Adriaan Haemstede, el antiguo ministro asistente de la Iglesia Flamenca, depuesto y expulsado en noviembre de 1560 bajo acusación de herejía, al haberse opuesto a la rígida exclusión de los Anabaptistas de la comunidad de las Iglesias Reformadas: con él mantuvo Reina una correspondencia. Otro de ellos fue Acontius, el partidario italiano de Sebastián Castellion y defensor de Haemstede, a quién animó a pesar de la oposición de las otras iglesias y a quien finalmente convirtió en presidente del consistorio de su propia comunidad. Por si esto no fuera bastante, Reina se dio a investigar las corrientes y recovecos de los escritos doctrinales protestantes, procurando mantenerse en contacto con el pensamiento luterano, calvinista, zwingliano y aún con el radical. Esto le llevó a leer obras de autores como Velsius, Schwenkfeld, Krautwald y Osiander, lo cual fue más que suficiente para abanicar la llama de la desconfianza en mente ya sospechosas.[33]

Resulta difícil encontrar una clara dependencia de estos protestantes españoles respecto a una exclusiva o sola de las diversas corrientes surgidas en la Europa Central. Más bien parece que se trata de brotes autóctonos que, bajo el común denominador de “protestante”, debió albergar con frecuencia posturas coincidentes con las posiciones del protestantismo clásico. 

Al llegar a este punto y como conclusión, podemos aludir a ciertos carácteres particulares y peculiares del movimiento reformista evangélico español, entre los que podemos señalar:

En primer lugar: Que aun cuando existieran ciertas afinidades iniciales con el movimiento Alumbrado ó la corriente erasmista, y hasta incluso se pudiera reconocer una innegable influencia de estos, lo cierto es que el movimiento evangélico se manifiesta como un grupo totalmente distinto y diferenciado tanto en sus planteamientos ideológicos, como en su manifestación práxica y cúltica. No existe, pues, nínguna duda ni confusión sobre su identidad e independencia respecto a los arriba aludidos, tanto por la Inquisición como por los investigadores.

En segundo lugar: Que, aunque los que se decidieron por el protestantismo no fueron multitudes, tampoco fueron un exiguo número. Lo objetiva e históricamente cierto es que existieron españoles que abrazaron las doctrinas tipificadas como protestantes en la España del siglo XVI, y que tanto los propagadores, como la enseñanza y doctrina impartida, fue obra de españoles, de los que un alto porcentaje serían religiosos. De fuera, del exterior, vendrá la influencia, el estímulo, el apoyo, y hasta la literatura, traducida, impresa e importada desde Amberes por mercaderes españoles, etc., siendo por tanto el impulso que la Reforma española tuvo, y sus primeros y más representativos aliados, los que se contaban entre los claustros, los centros docentes y el alto clero.

En tercer lugar: Que existió una Reforma de nacionalidad propiamente española, surgida como resultado de un conocimiento directo de la Biblia y quizá también mediatizado, en mayor o menor grado por influencias erasmianas y luteranas, pero con relativa autoctonía y autonomía, y no puede considerarse como una reforma importada como hasta hoy tanto se ha acentuado. Se ha de aceptar y reconocer que fue una reforma iniciada por Juan de Valdés (y Rodrigo de Valer), y que estuvo sustentada por teólogos y escritores españoles de gran nivel, siendo a su vez seguida por personas de todas las capas sociales. No hubo ni un sólo extranjero entre todos ellos en España (salvo Carlos de Seso, si es posible considerarlo así).

En cuarto lugar: Que existieron varias comunidades protestantes españolas; de las que al menos de dos de ellas está suficientemente documentado que se encontraban bien estructuradas (Valladolid y Sevilla), pero también se han encontrado otros núcleos en Valencia, Aragón, Toledo, etc., que en su momento pusieron en alarma a la Inquisición. Además, de la información disponible, queda constatado que los exilados, en los paises de acogida fundaron nada más llegar, iglesias de sólidas y netas convicciones reformadas, siendo la primera iglesia de refugiados españoles que se fundó la de Amberes, de la que Antonio del Corro fue pastor, y más tarde lo sería Casiodoro de Reina. Otros países europeos conocieron iglesias de refugiados españoles, Inglaterra (Londres), Alemania (Francfort, Heidelberg, Estrasburgo), Francia (Lyon, Montpellier y Montauban), etc.

En quinto lugar: Que, en el movimiento reformista español, estaban manifiestamente claros los presupuestos teológicos sostenidos, cuya raíz protestante no es posible eludir, ya fueran estos de orden dogmático o ético. Asímismo son muy evidentes tanto el influjo como la tipificación de ideas reformistas: Daban una gran importancia a la salvación por gracia. La fe era la columna vertebral de sus creencias. No aceptaban más autoridad que la que manaba de las Sagradas Escrituras. No creían en el purgatorio ni en la confesión auricular. No atendian a la voz del Papa ni de la Iglesia romana, etc. En suma, que es preciso reconocer que nos hallamos ante un genuino brote protestante, al que simplemente no se le dio tiempo ni oportunidades para manifestarse con toda su fuerza.

En sexto lugar: Que, con sus actitudes, los reformistas españoles manifestaron evidentemente que no se encontraban ubicados o adscritos a una sóla y única forma de protestantismo, sino que hasta incluso parecen haber experimentado un cierto malestar en las iglesias con un rígido dogmatismo y legalismo, por lo que buscaron otros ambientes más propicios, ya que el suyo era un protestantismo, libre, abierto, tolerante, y ecuménico, influido por las diversas expresiones de fe y pensamiento, que les permitía colaborar con todos aún en medio de su exilio y marginación.

España genera, pues, su propio movimiento de protesta en el seno de la Iglesia. Surge una Reforma que es simultánea a la del resto de Europa, en la que se manifiestan las mismas señales de descontento y búsqueda de nuevos horizontes espirituales. No serán ya casos aislados, como en el pasado nos han sido presentados, sino grupos más o menos consistentes y organizados en comunidades que celebraban sus reuniones litúrgicas periódicas y que estaban sustentadas por españoles de relieve y de gentes de fuerte espíritu propagador.

Por otra parte, hemos de considerar que existió una inferencia adicional a tener en cuenta, y que también tiene su importancia: los muchos españoles que sin romper abierta y publicamente con la Iglesia oficial, practicaran privadamente sus devociones según los principios protestantes.

… hemos de admitir, con el profesor Thomas, que el nicodemismo de vida y profesión religiosa de los evangélicos españoles, bajo la intolerancia y persecución ejercidas por el Santo Oficio, es un hecho real que debe tenerse en cuenta al estudiar las peculiaridades de su testimonio. En mayor o menor grado los evangélicos españoles –en su profesión religiosa- pasaron por la dura y amarga prueba espiritual del nicodemismo.[34]

Esta posición les obligaba al ocultamiento y al disimulo, o a llevar una vida externa normal, y por otra parte a una vida escondida, lo que facilitó en muchos casos el mantenimiento de la fe reformista. Pretendían realizar la reforma desde dentro de la Iglesia, desde el lugar que cada uno ocupaba. Fue este aspecto de lo “privado” el que diera tanto que hacer al Santo Oficio.

[1] BOEGLIN, M.: “Evangelismo y sensibilidad religiosa en la Sevilla del quinientos: consideraciones acerca de la represión de los luteranos sevillanos”, Studia Historica. Historia Moderna, Ediciones Universidad de Salamanca, Salamanca, 27 (2005), pp. 169-170.

[2] THOMAS: Op. cit., p. 220.

[3] TELLECHEA, J.I.: “Reacción antiluterana en España. Dos cartas de Carlos V desde Worms (1521)”, en Diálogo Ecuménico, Tomo VIII, número 29, año 1973, p. 57. Cita los trabajos de LONGHURST, J.: Luther in Spain 1520-1540, Proceding of American Philosophical Society, 193 (1859) 66-93; REDONDO, A.: Luther et l’Espagne de 1520 a 1536, Mélanges de la Casa de Velázquez, 1 (1965) 109-165.

[4] ALONSO BURGOS, J.: El luteranismo en Castilla durante el siglo XVI: Autos de fe de Valladolid de 21 de mayo y de 8 de octubre de 1559, Editorial Swan, San lorenzo de El Escorial, 1983, p. 52.

[5] TELLECHEA, J. I.: Tiempos recios: Inquisición y heterodoxias, Ediciones Sígueme, Salamanca, 1977, p. 26.

[6] KINDER, G.: “Printing and Reformation ideas in Spain”, en Society for Spanish and Portuguese Historical Studies, October 1989, vol. XIV, núm. 3, pp. 18-19. REDONDO, A.: Luther et l’Éspagne de 1520 à 1536, en “Mélanges de la Casa de Velázquez”, 1 (1965) 109-165, especialmente pp. 127-132.

[7] VÁZQUEZ DE PRADA, V.: “Precedentes y entorno histórico del procesamiento de Bartolomé Carranza”, Anuario de Historia de la Iglesia [en línea] 2009. Disponible en Internet: http://redalyc.uaemex.mx/src/inicio/ArtPdfRed.jsp?iCve=35512039008. ISSN 1133-0104.

[8] KINDER, G.: “Spain”, donde recoge las citas de Stoughton, J., y García Carcel, R., en Pettegree, A., (ed.), The Early Reformation in Europe (Cambriggde: Cambriggde University Press, 1992), p. 222.

[9] BENNASSAR, B.: Los Españoles actitudes y mentalidad, Librería Editorial Argos, S.A., Barcelona, 1978.

[10] THOMAS: Op. cit., p. 222

[11] TELLECHEA, J. I.: “Españoles en Lovaina en 1557”, en Encuentros en Flandes, Leuven University Press y Fundación Duques de Soria, 2000, p. 139.

[12] TELLECHEA, J. I.,: El Arzobispo Carranza y su tiempo, v. I, P. 144. Cfr. AHN, Inquisición, Leg. 1685, núm. 4, f. 107, v-8r.

[13] Véase DROZ, E.: “Note sur les impressions genevoises transportees par Hernandez”, p. 119-132; BONNAT, G.: “Note sur quelques ouvrages en langue espagnole imprimes a Geneve par Jean Crespin (1557-1560)”, pp. 50-57.

[14] SCHAFER, E.: Beitrage zur Geschichte des spanischen Protestantismus und der Inquisition im sechzehnten Jahrhundert, Gutersloh, 1902, pp. 392-400; GILLY, C., “Juan de Valdés traductor de los escritos de Lutero en el Diálogo de Doctrina Cristiana”, en Los Valdés: Pensamiento y literatura. p. 117-118, nota 91,

[15] THOMAS: Op. cit., pp. 242 y 286.

[16] NIETO: Op. cit., pp. 158-159.

[17] PÉREZ: Op. cit., p. 331.

[18] OTTO: Op. cit., p. 536.

[19] TELLECHEA: “Perfil Teológico …”, Op. cit., p. 315. A estas alturas, ya no se puede negar la influencia protestante, ni que como señala Francisco Álvarez, los representantes más notables del movimiento en Sevilla fueran Egidio y Constantino. (”El movimiento bíblico en Sevilla durante el siglo XVI”, Archivo hispalense: Revista histórica, literaria y artística, Tomo 26, Nº 81, 1957, pp. 26-27).

[20] TELLECHEA: “El protestantismo castellano…”, Op. cit., p. 321.

[21] FERNÁNDEZ: Op. cit, p. 18.

[22] TELLECHEA: “Las ciento Diez Divinas Consideraciones, Recensión inédita del manuscrito de Juan Sánchez (1558)”, en Bibliotheca Oecumenica, 1, Salamanca, 1975, p. 8

[23] OTTO: Op. cit., p. 532.

[24] TELLECHEA: “El protestantismo castellano …”, Op. cit., p. 319.

[25] TELLECHEA: “Perfil teológico  …”, Op. cit., p. 331.

[26] BOEGLIN, M.: Evangelismo y sensibilidad en la Sevilla del quinientos: consideraciones acerca de la represión de los luteranos sevillanos, Studia Historica. Historia Moderna, Salamanca, 27 (2005), p. 180.

[27] Citado en BOEHMER, E.: Spanish Reformers of Two Centuries from 1520, vol 2, Burt Franklin, New York,  1883, p. 181. El Libro de Concordia recoge los documentos confesionales aceptados por el luteranismo en todo el mundo.

[28] Véanse las obras de Kinder y Hauben.

[29] GARCÍA PINILLA, I.J.: Epistolario de Francisco de Enzinas. Librairie Droz, Genève, 1995.

[30] BATAILLON, M.: El hispanismo y los problemas de la historia de la espiritualidad española, F.U.E., Madrid, 1977, p. 30.

[31] Ibíd., p. 35.

[32] KINDER, A.G.: “La Literatura religiosa como arma ofensiva, El puesto de Cipriano de Valera en la guerra de Inglaterra contra España”, en Diálogo Ecuménico, Tomo XXX, número 96, Salamanca, 1995; p. 33.

[33] KINDER, A.G.: “La Confesión Española de Londres, 1560/61”, en Diálogo Ecuménico, Tomo XIII, número 48, Salamanca, 1978; pp. 367-368.

 

[34] ESTRADA, D.: “Introducción”, Constantino Ponce de la Fuente, Exposición del Primer Psalmo dividida en seis sermones (1546), Emilio Monjo Bellido (ed.), Obras de los reformadores españoles del siglo XVI, Vol. V. Mad, Sevilla, 2008