Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga

 

Para quienes estamos acostumbrados a participar u oficiar de manera constante en servicios dominicales eucarísticos, el Credo de Nicea —también conocido como Credo Niceno-constantinopolitano, debido a sus orígenes históricos— es un fiel compañero de camino. Forma parte importante de las liturgias de Santa Comunión y se recita, puesta la congregación en pie, todos al unísono, clérigos y laicos, oficiantes y asistentes. De ahí que en ocasiones se lo haya llamado ”la voz de la Iglesia”, y con toda razón.

Pero también constituye la voz de la Iglesia en otro sentido: compuesto y redactado al final de la Antigüedad Cristiana, en unos siglos enturbiados por las disputas eclesiásticas a raíz del surgimiento de las grandes herejías (arrianismo, monofisismo, nestorianismo, pneumatomaquismo y otras corrientes), ha permanecido hasta el día de hoy como un monumento firme, sólido, de la fe que profesa en cuerpo universal de Cristo en sus tres ramificaciones más señaladas: catolicismo romano, protestantismo histórico y ortodoxia oriental. Aunque su redacción es sencilla, casi telegráfica, las declaraciones que contiene ostentan una profundidad que desafía de continuo al pensamiento teológico a adentrarse y sumergirse en ellas para enriquecer el elenco doctrinal con nuevas aportaciones y actualizaciones de una verdad perenne.

Una simple lectura de su texto, tal como se encuentra en las liturgias al uso, nos permite comprender su cuádruple estructuración: Dios Padre, Jesucristo, el Espíritu Santo, la Iglesia universal orientada a la escatología.

La parte reservada a Dios Padre es, sorprendentemente, la más breve, lo que no significa, ni por asomo, la menos importante. Al contrario, al señalar la paternidad divina, el Credo proclama también al Dios Creador de todo cuanto existe en el universo (cielos y tierra), visible e invisible, haciendo de este modo que el pensamiento de los creyentes se enfoque de entrada hacia aquel que nos ha dado la existencia por puro amor y que es fuente de nuestra vida y nuestro destino.

Es la segunda sección, la consagrada a Jesucristo, nuestro solo Señor, la más amplia, y ello se entiende con perfecta lógica: Jesucristo, en su persona y su obra, conforma el centro de nuestra fe. De ahí que esta parte del Credo haga hincapié en la filiación divina de Jesús de Nazaret, el misterio de la encarnación, su pasión, muerte, resurrección y ascensión, señalando asimismo a la Parusía y la instalación definitiva de su reinado como la conclusión de su labor redentora. No se mencionan otros aspectos de Jesús indicados en los Evangelios, como sus hechos portentosos o sus enseñanzas directas, porque el Credo apunta a lo esencial, y lo esencial que hemos de conocer y creer acerca de Cristo es cuanto se refiere a su entrada en este mundo y la conclusión de su vida. De ahí que sea en esta parte donde se mencionan por nombre los únicos personajes de la Historia de la Salvación aludidos en sus declaraciones: la Virgen María y Poncio Pilatos, es decir, quien introdujo a Cristo en la tierra y quien lo hizo salir, quien le dio la vida y quien lo condenó a muerte.

La tercera sección tiene como centro al Espíritu Santo, Señor y dador de vida, divino como el Padre y el Hijo, de quienes procede, y digno de adoración juntamente con ellos. La pneumatología esencial que enseña el Credo de Nicea, lejos de distorsiones y excesos tan frecuentes en la historia de la Iglesia hasta nuestros días, se centra en la esencia divina del Espíritu Santo y en el hecho de que habló por los profetas y en la Iglesia. El Espíritu Santo tuvo, pues, en épocas pretéritas, como tiene hoy, sus voceros autorizados que transmiten la Palabra Divina.

La cuarta y última parte se centra en la Iglesia, y como algunos comentaristas del Credo han apuntado, parecería una continuación de la tercera, una especie de apéndice necesario: la Iglesia plasma la realidad del Espíritu Santo en el mundo actual, como la plasmaron los antiguos profetas del Viejo Testamento. Por eso la Iglesia aparece en el Credo niceno como orientada a lo escatológico, a la Parusía del Señor. El bautismo es el único sacramento eclesiástico mencionado, el sacramento del perdón, porque solo siendo perdonados estamos en condiciones de esperar la resurrección de los muertos y la vida eterna (o la vida perdurable, como rezaban algunas ediciones antiguas).

Diremos, en resumen, que el Credo de Nicea representa, efectivamente, la voz de la Iglesia, y como tal constituye una proclama de fe y esperanza. De fe porque sus declaraciones exigen un asentimiento íntimo, individual y colectivo, a las verdades que ellas contienen; de esperanza porque todo el conjunto dirige la atención de los creyentes a la realidad de un mundo nuevo en el que Cristo es el Rey y nuestras limitaciones de esta vida actual quedan más que superadas.

La próxima vez que lo recitemos, recordemos estas cosas dando gracias a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, a quien sea la gloria ahora y para siempre.